domingo, 5 de abril de 2015

La contradicción de Obama: ¿Es la inacción una forma de guerra a los países islámicos?

Por Sergio Ruiz

El POTUS (abreviatura anglosajona para el Presidente de los Estados Unidos), Barack Obama, en estas últimas semanas ha adquirido unas de las políticas más arriesgadas desde que el presidente de los Estados Unidos: un acuerdo nuclear con Irán. A cambio de la detención del programa, las sanciones hacia Teherán por parte de la ONU, la Unión Europea y los EEUU. ( Más información )


"La UE terminará con la ejecución de todas las sanciones, económica, energética y financiera y los Estados Unidos cesará en la aplicación de todas las sanciones secundarias, económicas y financieras, con la implementación de todos los compromisos de Irán, según lo acordado con la OIEA [la Organización Internacional de Energía Atómica]", explicó la política italiana Federica Mogherini, que es la representante de las potencias que han formado parte del acuerdo.


Tras las duras sanciones impuestas a Venezuela, o el acuerdo económico al que se llegó con Cuba para una "apertura" tras décadas, nos encontramos con un Obama mucho más decidido y activo que en épocas anteriores al frente de la nación más poderosa del globo.

Al igual que se ha destacado la falta de decisión del presidente demócrata en temas tan delicados como "hacer la guerra" al Estado Islámico o cerrar Guantánamo, en estos últimos meses hemos visto que esta tomando medidas mucho más concretas. ¿A qué se debe este cambio en la política del presidente? Obama esta terminando su segunda legislatura, y ya no tiene el peso de una futura reelección ni de unos años venideros por delante en los que pensar. Digamos que es "libre" de esa responsabilidad.

Veamos como trató la Casa Blanca la crisis del Estado Islámico del último año, con sus principales focos de acción en Siria y Libia, además del atentado en París contra Charlie Hebdo.

Obama: “Estados Unidos no está en guerra contra el Islam”

La receta para evitar el extremismo violento es, en opinión de la Casa Blanca, la integración e inclusión de las comunidades de inmigrantes, algo que está en el ADN de Estados Unidos al ser una nación formada por gente llegada de fuera. Planificada meses atrás pero de vigencia absoluta tras los ataques terroristas de París y Copenhague, la Cumbre contra el Extremismo Violento que desde el martes se celebra en Washington pretende exponer los esfuerzos de la Administración de Barack Obama para prevenir que grupos como el Estado Islámico recluten para sus filas a jóvenes que se sienten marginados y lancen ataques dentro de EE UU.

Obama se dirigió este miércoles en la Casa Blanca a representantes de la sociedad civil y del sector privado para asegurar que Estados Unidos no estaba en guerra con el Islam, sino contra “aquellos que han pervertido el Islam”. “No debemos aceptar nunca la premisa de que América y Occidente está en guerra contra el Islam porque es una mentira”, ha declarado el presidente casi en un eco de un discurso ya lejano, como el que pronunció en El Cairo al estrenarse en la presidencia en 2009.

En opinión del mandatario, grupos como Al Qaeda y el Estado Islámico buscan desesperadamente legitimidad, se autodenominan luchadores de una guerra santa en defensa del Islam. “Pero no son líderes religioso, son terroristas”, ha dicho Obama levantando un cerrado aplauso en la sala. “Y no representan a mil millones de musulmanes”.

Haciendo un recorrido por la historia de Estados Unidos desde su fundación hace más de dos siglos, el presidente repasó todos los desafíos y derrotas que ha vivido y sufrido el país, desde la guerra civil al atentado de Oklahoma o el 11-S. También victorias, como liberar a Europa del fascismo o derrotar al comunismo. “Siempre hemos vencido”, ha dicho el mandatario. “Nos levantamos; reconstruimos y salimos adelante”, ha proseguido. “Así somos”.

Para vencer estas ideologías extremistas, Obama dijo que una de las herramientas más importantes es no perder de vista los valores que hacen de EEUU y Occidente sociedades libres. “Los terroristas esperan que traicionemos nuestros valores, y no lo haremos”, puntualizó Obama, asegurando que EEUU no es un país hostil, sino una nación que recibe y trabaja con todas las creencias.

La Administración de Barack Obama intenta prevenir que grupos como el Estado Islámico recluten para sus filas a jóvenes que se sienten marginados y lancen ataques dentro del país.

La tesis para evitar la radicalización la avanzó el martes su número dos, el vicepresidente Joe Biden, al definir esta nación como “un crisol de culturas”, que aunque no tiene todas las respuestas para atajar el extremismo violento sí posee más experiencia que Europa, diana de varios ataques de radicales, que se enfrenta a “una cantidad significativa de inmigración como un fenómeno nuevo”.

En el día dedicado a la agenda interior, la cumbre se centra hoy en los programas piloto puestos en marcha por la Administración en los que líderes religiosos y civiles trabajan con las autoridades competentes para enfrentar la influencia del extremismo en lugares como Minneapolis-Saint Paul (Minesota), Los Ángeles y Boston (escenario del atentado contra el maratón en 2013). “Tenemos que trabajar desde la base e involucrar a nuestras comunidades con aquellos susceptibles de radicalizarse porque se sientan marginados”, declaró Biden, que consideró que las respuestas tienen que ir más allá de una acción militar.

A principios de año —y tras el ataque contra la revista satírica Charlie Hebdo—, Obama ponía frente al espejo a Europa al decir que “el mayor peligro” del Viejo Continente eran los problemas de convivencia con la población musulmana —que sin embargo en EE UU se sentía integrada y estadounidense—. Ahora, la Casa Blanca pretende utilizar el caso de Minesota para ver “qué está funcionando y qué no” y ampliar este tipo de programas a otros lugares. En el área de las Twin Cities —como se conoce a Minneapolis-Saint Paul—, la pasada primavera la fiscalía recurrió a prominentes miembros de la comunidad somalí para intentar evitar que jóvenes fueran reclutados para las filas del extremismo violento. La Casa Blanca está siendo muy cuidadosa con los términos y hasta ahora ha evitado las expresiones “extremismo islámico” o “musulmán extremista”.

El acercamiento de las autoridades a las comunidades musulmanas ha despertado recelos entre los grupos de defensa de los derechos civiles que temen que este plan sirva como puerta trasera para instalar sistemas de vigilancia

Más de la mitad de todos los somalíes que viven en EE UU se concentran en este Estado del Medio Oeste, fronterizo con Canadá. Entre 2006 y 2008, varios estadounidenses de origen somalí se unieron supuestamente al grupo terrorista Al Shabab para luchar en el extranjero y más de 20 personas están encausadas en Minesota por participar o facilitar ese reclutamiento.

El acercamiento de las autoridades a las comunidades musulmanas en estos programas piloto ha despertado recelos entre los grupos de defensa de los derechos civiles que temen que este plan sirva como puerta trasera para instalar sistemas de vigilancia que violen los derechos de los individuos e invadan su privacidad. En opinión del grupo Muslim Advocates, el plan de la Casa Blanca parece centrarse “solo en la comunidad musulmana, que es responsable de una pequeña fracción de las actividades terroristas que se llevan a cabo en EE UU”. Según datos del FBI citados por Muslim Advocates, solo un 6% de los incidentes terroristas llevados a cabo en el país entre 1980 y 2005 fueron “atribuibles a musulmanes”.

El grupo de defensa de los musulmanes indica que son numerosos los estudios que sitúan a los grupos de extrema derecha como la principal amenaza de violencia ideológica en el país. Cualquier otra fe, dice el grupo, incluida la cristiana y la judía, “estaría horrorizada al saber que las fuerzas del orden han pedido a sus líderes religiosos que vigilen a sus fieles y se reporten a los agentes”.

La agenda de la cumbre, con 13 sesiones solo en el día de ayer hoy y que concluye mañana jueves, no cuenta con ningún grupo de trabajo sobre libertades civiles o privacidad. Sí se dedicará tiempo a dialogar sobre el papel de las redes sociales en las estrategias de reclutamiento de organizaciones radicales como el autodenominado Estado Islámico.

Nos encontramos ya en el cuarto año del proceso que comenzó con la llamada “Primavera Árabe”, movimiento surgido en 2010 que se desencadenó con el inicio de protestas en el seno de algunos estados del mundo árabe en los que sus respectivas sociedades, hartas ya de los elevados niveles de corrupción política y de depresión económica, se levantaron contra sus gobiernos exigiendo reformas democráticas. Son conocidos los casos de Túnez, Yemen o Egipto, cuyos pueblos consiguieron, de forma más o menos pacífica, el derrumbe de sus “establishment” respectivos, que llevaban décadas al frente de dichos gobiernos. En otros lugares, como Bahrain o Qatar las protestas desembocaron en un punto muerto, no llegando a conseguir resultados importantes.

En otros lugares de la región el fenómeno tomó, sin embargo, derroteros bien distintos. El mundo árabe se ha caracterizado en su historia reciente por su convulsa evolución política, en la que varios de los países que lo conforman no han logrado nunca una estabilidad democrática duradera, siendo salpicados por multitud de golpes de estado y diversas dictaduras militares, las cuales han llegado, en algunos casos muy señalados, a enquistarse en el poder durante décadas.

Los casos más señalados en el mundo árabe fueron los de Saddam Hussein en Irak, Gadafi en Libia y la “dinastía” Assad al frente del gobierno sirio. La historia del primero es bien conocida, su historial de encuentros y desencuentros con sus vecinos y con Estados Unidos le llevaron a acabar sus días en el patíbulo. Gadafi supo jugar mejor sus cartas. A un período inicial de clara hostilidad con Occidente le siguió, sobre todo después del fin de la Guerra Fría, a una discreta postura de no intervención en el exterior con el fin de asegurar la continuidad de su régimen, intentando no seguir los pasos de Saddam.

El caso de la familia Asad ha sido similar al de Gadafi, aunque han mantenido su propia cruzada personal contra el Estado de Israel, el gobierno sirio de las últimas dos décadas ha sabido pasar a un segundo plano en la escena política de la región sin dejar de mostrar una sorda hostilidad hacia Occidente.

En esta tesitura llega en la primavera de 2010 el ambiente de revuelta a estos dos Estados, Libia y Siria. En ambos casos los respectivos regímenes deciden atrincherarse en el poder, realizando sólo pequeñas concesiones al pueblo que no amenacen su control total del aparato del Estado. Cuando la ciudadanía exige más reformas se desencadena una brutal represión que precede a la consiguiente escalada de violencia que conlleva el inicio de una guerra civil. El caso de Gadafi es por todos conocido, después de una igualada y sangrienta guerra civil, el apoyo brindado finalmente por la comunidad internacional al bando rebelde supuso el derrocamiento de su régimen. La situación siria desde un principio parecía seguir una evolución similar aunque, como veremos a continuación, está derivando en un episodio mucho más violento y comprometido para la comunidad internacional.
La Guerra Civil Siria

Pese a las similitudes con el conflicto libio que hemos comentado anteriormente, el caso sirio presenta algunas características que lo convierten en un episodio único dentro del proceso de revueltas que conforman la llamada “Primavera Árabe”. El que ya es considerado por muchos como el conflicto más violento hasta la fecha del siglo XXI se inicia por la coincidencia de una serie de cuestiones.

Siria lleva gobernada desde los años sesenta por una sucesión de regímenes militares, liderados desde 1970 hasta la actualidad por miembros de la familia Asad. Lo que comienza siendo una dictadura de tintes pseudo progresistas a semejanza del régimen Baath de Saddam Hussein en Irak acaba adquiriendo también connotaciones religiosas.

La familia Asad pertenece a la rama islámica alauí, esto significa que son musulmanes chiíes. En Siria el 85% de la población musulmana es sunita mientras que sólo el 15% restante es chiita. Cuando Hafez al-Asad llega al poder los chiíes se convierten progresivamente en una minoría privilegiada. Como veremos un poco más adelante, este hecho no sólo va a traer constantes problemas al régimen en su política interna si no que también va a marcar las relaciones y los apoyos internacionales de los que goza el mismo.

Volviendo a la Primavera Árabe en Siria, a los movimientos de protesta que pedían reformas políticas aperturistas y mejoras sociales, muy pronto se unen los de aquellos grupos religiosos existentes en el país que se sienten perseguidos por el régimen. Son cristianos y kurdos del norte en menor medida pero también en gran mayoría los clérigos suníes llaman a levantarse contra un régimen al que acusan de blasfemo y herético. Muy pronto, las protestas que comenzaron con algunos disturbios aislados comienzan a verse salpicadas con atentados terroristas. Si a eso unimos una represión gubernamental ascendente llegamos al punto de escalada de violencia previo al desencadenamiento del conflicto del que hablábamos anteriormente.

La oposición siria desde un principio comienza aglutinando todos aquellos grupos hostiles al régimen, que unen sus fuerzas para hacer frente al enemigo común. Surge así una coalición que va desde grupos reformistas abiertamente pro occidentales hasta grupos islámicos radicales pasando por un cada vez mayor contingente de desertores de las fuerzas regulares sirias. Surge así el Consejo Nacional Sirio, estructurado en torno a los numerosos desertores suníes del Ejército Sirio. En dicho Ejército los puestos más influyentes estaban ocupados en su mayoría por mandos de origen chií, lo que llevara a muchos suníes a decidir desertar para unirse a la oposición. Serán estos cuadros los que doten de una cierta estructura a las fuerzas opositoras, estructura sin la cual la oposición no hubiera podido presentar una amenaza seria para el régimen, que sigue a día de hoy controlando una parte importante de las fuerzas regulares del Ejército Sirio.

No es el objeto de este escrito el comentar la evolución de los frentes de batalla de dicho conflicto, donde hemos asistido a cómo la guerra civil ha llegado a un punto muerto, sólo salpicado por algunas ofensivas aisladas llevadas a cabo por ambos bandos. Por lo cual nos centraremos en analizar la perspectiva exterior de dicho conflicto, elemento que está resultando definitivo para la resolución del mismo.

La postura internacional respecto al conflicto

Además de la tremenda repercusión mundial que la crudeza del conflicto está teniendo gracias a los medios de comunicación, la guerra civil siria pasará a la Historia como el conflicto árabe con una mayor repercusión internacional de las últimas décadas. Anteriormente comentábamos el paralelismo existente de las características de dicho conflicto con el de la guerra civil libia que supuso la caída del régimen de Gadafi. En aquel conflicto pudimos comprobar que la intervención internacional fue clave en la resolución de un conflicto que amenazaba con cronificarse debido a que enfrentaba a dos bandos muy igualados en fuerzas. Algunos Estados miembros de la OTAN, sobre todo Francia y Reino Unido, se decidieron a actuar a favor del bando rebelde fundamentalmente con apoyo aéreo. Dicha intervención precipitó el fin del conflicto y el derrocamiento de Gadafi, o al menos ese fue el argumento oficial para justificar dicha intervención.

Unos años después nos encontramos en Siria con una situación muy similar, una parte importante de la sociedad siria se ha levantado en armas contra el régimen dictatorial que la gobierna desde hace décadas. Las fuerzas armadas regulares permanecen fieles en su mayoría al bando gubernamental mientras que el bando rebelde se encuentra estructurado por una coalición de movimientos y guerrillas desigualmente armadas pero que ha conseguido establecer un mando militar único que las dirija a todas de manera ordenada. Los rebeldes sirios se enfrentan, al igual que les sucedió a los rebeldes libios, a un grave problema de suministros y de obtención de material bélico para poder sostener su lucha.

Analizando por encima el caso libio podemos comprobar que este problema puso en graves aprietos al bando rebelde durante gran parte de la guerra, pues para obtener dichos suministros debe haber algún elemento externo al conflicto que los pueda (y quiera) suministrar en grandes cantidades. Este fenómeno se agrava notablemente en el caso sirio si lo comparamos con la situación que vivieron los rebeldes libios. El régimen de Gadafi era un régimen denostado que llevaba sufriendo un ostracismo más o menos extendido a toda la comunidad internacional desde el final de la Guerra Fría. Era un peón de poca importancia para todas las potencias regionales y globales que no encontró ningún apoyo de importancia dentro del mundo árabe, cuyos Estados decidieron posicionarse de manera casi unánime al lado de la causa rebelde. Únicamente Rusia y, en menor medida, China realizaron alguna maniobra menor en el Consejo de Seguridad con el único motivo de incordiar y dificultar a Estados Unidos y sobre todo a sus aliados europeos la intervención en el conflicto, hecho que finalmente fue superado con el órdago del entonces presidente francés, Nicolás Sarkozy.

En el caso sirio observamos que la situación es totalmente distinta. En Siria, al margen de los combates que siguen sucediéndose en las calles de Homs, Alepo o Damasco, se está produciendo un cauteloso enfrentamiento a escala global. La causa principal de esta delicada situación es principalmente la situación geopolítica de Siria. El régimen de Asad es el principal aliado de Irán en la zona. Si a ello le unimos que Siria es un país limítrofe al espacio OTAN (Turquía), que mantiene una relación abiertamente hostil con otra de las potencias regionales (Israel) y que sigue interviniendo en distinto grado en los conflictos latentes de la zona (Líbano y Kurdistán), tenemos los ingredientes necesarios para tomar muy en serio su conflicto interno y las posibles influencias exteriores del mismo.

A ello debemos sumar el papel sirio en el ajedrez geopolítico actual. El gobierno sirio se ha mostrado como único aliado árabe que Moscú ha mantenido después del fin de la Guerra Fría. No sólo es uno de los principales clientes armamentísticos del mercado ruso (argumento esgrimido en los foros internacionales para justificar el apoyo ruso a Asad) si no que juega un papel muy importante en la proyección exterior rusa. En Siria es donde la Armada Rusa sigue manteniendo su única base naval en el teatro mediterráneo, localizada en Tartus, y que es una base de suministros fundamental para la flota del Mar Negro. El apoyo chino es igual de importante, al haber estrechado relaciones últimamente con Rusia, Pekín pretende no sólo afianzar su presencia en el Golfo Pérsico si no reforzar su presencia en el Mediterráneo, para lo cual contar con Siria como socio en la zona será fundamental.

La postura occidental, aunque es mayoritariamente unánime en su apoyo hacia la causa rebelde, no ha podido intervenir de manera efectiva en el conflicto a fecha de hoy. Los constantes vetos a los que se han visto todos los intentos de aprobar una resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU han planteado a Estados Unidos y sus aliados en la zona a plantearse apoyar a las fuerzas rebeldes unilateralmente.

La situación se ha ido volviendo insostenible para ambos bandos en los últimos meses. El pasado año se producía un ataque de mortero, presuntamente gubernamental, sobre territorio turco en lo que significaba una clara provocación hacia la OTAN. No se ha podido demostrar claramente quién fue el responsable de dicho ataque, si unidades del ejército regular simpatizantes con los rebeldes que querían provocar a Turquía y a la OTAN para forzarlas a intervenir o fuerzas gubernamentales dispuestas a forzar un aumento de hostilidades en la comunidad internacional. Esta es una de las causas de por qué Estados Unidos y sus aliados árabes y occidentales están decididos a intervenir indirectamente en el conflicto. Una invasión de la OTAN está totalmente descartada a fecha de hoy, en primer lugar porque supondría una escalada en el conflicto que podría forzar la intervención rusa y, en segundo lugar, porque las opiniones públicas de la mayor parte de países aliados no está dispuesta a afrontar ese riesgo por el futuro de Siria.

La hoja de ruta occidental y, sobre todo, estadounidense es suministrar gracias al apoyo de sus aliados en la región (fundamentalmente Turquía, Jordania y Arabia Saudí) el armamento medio y ligero necesario para que los rebeldes puedan hacer frente a la superioridad aérea y blindada de las fuerzas gubernamentales. Este apoyo, presuntamente, también se ha traducido en apoyo logístico y adiestramiento de los miembros de las fuerzas rebeldes sobre el terreno, como muestra la prensa internacional afín a los intereses de Moscú.
Conclusiones

La situación actual del conflicto se encuentra en tablas debido a la situación de fuerzas igualadas que presentan ambos bandos. Dicha situación amenaza con un enquistamiento del conflicto que está afectando severamente a la población civil como principal víctima del conflicto (a fecha de hoy ya se han superado los 100.000 muertos). En los últimos meses hemos comprobado que una resolución del conflicto por la vía diplomática es prácticamente imposible al no ceder ambas partes en sus exigencias principales (Mantenimiento de Bashar al Asad en el poder- Sustitución por un gobierno plenamente democrático). La influencia internacional incluso está provocando la continuidad del conflicto y, aunque un conflicto internacional abierto no es una posibilidad real en estos momentos, se hace necesario encontrar una solución alternativa a las conversaciones de paz y a la guerra. Una única condición parece clara y es que ninguna fuerza internacional intervendrá en Siria antes de la finalización del conflicto.

Obama, en definitiva, ha pasado de la inacción a la resolutividad, en decisiones que han levantado en su propia nación quejas y disconformidad por parte de los republicanos (que controlan la Cámara de Representantes y Senado). Aquella contradicción de "la inacción como forma de actuación" parece que ha quedado atrás en este fin de legislatura. Se este de acuerdo o no, es de agradecer la recuperación de la actividad del POTUS. No olvidemos que no decidir, sigue siendo una decisión.

"Un hombre sin enemigos, es un hombre sin carácter"

Paul Newman.

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